Día del Orgullo | 28 de junio
Pr. Hernán Dalbes (*).
“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Romanos 8:38-39
Muchas veces escuchamos como la iglesia es acusada de ser parte de la negación de derechos, de propiciar la estigmatización de la diversidad, de sostener que hay un solo modelo heterosexual de familia estereotipando los modelos familiares diversos, acusándolos de ser dañino para los niños y las niñas. Un sistema que dice que hay un plan para volver a todas las niñeces gays, lesbianas y trans. Y es que en términos universales, lo que la sociedad llama “la iglesia”, ha dado cuenta de su intolerancia a lo diverso. Ha disfrazado una narrativa de miedo y discriminación, en discursos de supuesta moralidad y piedad. Entonces hoy, debemos pedir perdón por todo el dolor que esto pudo haber causado, por haber silenciado tanto tiempo o por no darle suficiente volumen a una voz distinta y sujeta al testimonio de Jesucristo dentro de la universalidad de la Iglesia.
La gracia —ese centro escandaloso del mensaje cristiano— es afirmativa. No se trata de una condición que se otorga a quienes supuestamente la merecen, ni de una recompensa para los “buenos piadosos”, ni quienes levantan carteles de “Dios-Familia-Tradición” (bajo una lectura heteronormativa y excluyente). La gracia es la irrupción amorosa y libre de Dios que nombra como valioso/a/e a quien los poderes de este mundo, incluso los religiosos, han declarado indigno/a/e. Por eso, hoy celebramos la vida y la fe de las personas LGBTIQ+ que han resistido, orado, amado, militado y soñado aun cuando la Iglesia les cerró las puertas. Porque la Gracia no se encierra en armarios ni acepta censuras que las instituciones religiosas quieren imponer.

Como comunidad de fe afirmativa y comprometida con la justicia del Reino, nos sumamos con convicción a la conmemoración del Día del Orgullo. Porque el Orgullo no es arrogancia, sino dignidad restaurada. No es soberbia, sino memoria de las veces que han querido borrar la diversidad de la Mesa de Jesucristo. Y porque como Iglesia, si no somos afirmativos entonces seremos cómplices de la exclusión.
Recuperar la Mesa es reconocer que Jesús comía con quienes nadie invitaba. Jesús afirmaba con su presencia la dignidad de cada persona. La Mesa —cuando es de Jesús— es inclusiva, diversa, abierta. Resume la pluriformidad de la obra creadora y redentora. Por eso no nos atrevemos a administrar la puerta de entrada a la Mesa, por el contrario afirmamos la diversidad, afirmamos el deseo, afirmamos las familias elegidas, afirmamos la experiencia de quienes aman fuera del mundo binario.
Una Iglesia afirmativa no es una moda: es un signo de estos tiempos y una respuesta a los signos de Dios. Es un clamor encarnado en los cuerpos trans que buscan refugio, en lxs adolescentes que preguntan si Dios les ama así como son, en lxs adultxs mayores expulsadxs por su orientación, en las personas no binarias que siguen esperando que su existencia sea celebrada. La afirmación no es un slogan. Es una postura teológica, ética y pastoral que nace de la cruz y florece en la resurrección.
Por eso, en este 28 de junio, no solo acompañamos y alzamos banderas. Alzamos también las Escrituras para decir con claridad que nada podrá separarnos del amor de Dios (Romanos 8:39) ni el desprecio religioso, ni los moralismos excluyentes, ni los silencios cómplices. Como Iglesia, volvemos a ser cuerpo cuando abrazamos los cuerpos concretos de nuestrxs hermanos, hermanas y hermanes, sin términos ni condiciones. ¿O acaso no fue así como hemos sido abrazadxs nosotrxs? Porque el Reino es de quienes se saben amados… incluso cuando el mundo les ha enseñado lo contrario.
Entonces hoy, como Iglesia afirmativa, como pueblo que camina al amparo de la Gracia y con la vista en la Cruz, elegimos estar del lado de la justicia, del amor sin condiciones, del Evangelio encarnado. Que nuestra comunión no sea una jaula, sino un abrazo abierto. Que nuestras puertas no sean umbrales de juicio, sino portales de vida abundante. Y que la Mesa vuelva a ser de Jesús… porque es la Mesa de todxs.
(*) Pastor IELU. Pastor titular de la Congregación San Lucas | IELU.






