En este 24 de marzo, al recoger el pulso de la memoria viva que atraviesa a nuestro pueblo —como lo reflejan las crónicas y testimonios a lo largo de estos años— afirmamos que recordar no es un ejercicio del pasado, sino un compromiso presente. A 50 años del golpe, la memoria sigue siendo una tarea ética y colectiva: nombrar a las y los desaparecidas/os, sostener la verdad frente a todo intento de negacionismo, y defender la justicia como camino irrenunciable para la vida.
Como comunidad de fe, creemos que la memoria también es un acto espiritual: es negarse al olvido cuando el dolor aún es tan profundo, y es hacer lugar a las voces silenciadas. Hoy, cuando persisten discursos que relativizan el terrorismo de Estado o debilitan las políticas de derechos humanos, reafirmamos que no hay reconciliación sin verdad ni justicia, y que toda vida arrebatada clama por dignidad.
Desde la Congregación San Lucas – IELU, nos unimos a este grito colectivo de Memoria, Verdad y Justicia como expresión concreta del Evangelio encarnado en la historia: un Dios que no olvida a las víctimas, que denuncia la injusticia y que nos llama a construir una sociedad donde el “Nunca Más” sea una práctica cotidiana y no solo una consigna.







